
La enferma no salía de casa porque era contagiosa. Vivía enclaustrada en un pequeño apartamento de un barrio deprimente, con la única compañía de su madre, una anciana triste y solitaria que al día sólo intercambiaba un par de saludos con los vecinos. No hablaba con nadie más, la pobre mujer. La enferma era contagiosa y peligrosa. La reclusión la había hecho enloquecer. Y cada vez que se escapaba al rellano, intentaba encontrar a alguien para soltarle barbaridades. Gracias a Dios, sólo se topó en un par de ocasiones con el borracho cuarentón del tercero. Ella se lanzaría a sus brazos, gritando y llorando como una posesa ‹‹Te quiero. Te deseo; ¿me amarás a cambio?››. Hasta que la anciana conseguía controlarla a escobazos y devolverla a su prisión preventiva. Pues la enferma era contagiosa, peligrosa, y su enfermedad tenía un elevado índice de mortandad. La gente que había enfermado a causa de aquel extraño virus incurable e intratable, había sufrido dolores y penas sin igual. La enfermedad no se prolongaba durante más de tres o cuatro meses. Pero durante ese tiempo era como vivir en el mismísimo Infierno, si es que había uno. Pero la enferma, que era contagiosa, peligrosa y su enfermedad tenía un elevado índice de mortandad seguía enferma, y viva. Y así llevaba más de cuatro décadas. Y su anciana madre, que antes fue su hermana, se santiguaba ante la imagen de la virgen y le rezaba a Dios todos los días. Pues la enferma parecía ser inmortal. O aun peor: una muerta viviente. Estaba no-muerta, pues el virus no la podía matar. Enferma. Contagiosa. Peligrosa. Descompensaba el elevado índice de mortandad de la extraña enfermedad. La anciana vivía con el miedo metido en el cuerpo. Ella creía que la enferma era el Diablo y ella su guardiana. Y ser la guardiana del Diablo debe de ser una grandísima desgracia.
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