29.11.09

la enferma

La enferma no salía de casa porque era contagiosa. Vivía enclaustrada en un pequeño apartamento de un barrio deprimente, con la única compañía de su madre, una anciana triste y solitaria que al día sólo intercambiaba un par de saludos con los vecinos. No hablaba con nadie más, la pobre mujer. La enferma era contagiosa y peligrosa. La reclusión la había hecho enloquecer. Y cada vez que se escapaba al rellano, intentaba encontrar a alguien para soltarle barbaridades. Gracias a Dios, sólo se topó en un par de ocasiones con el borracho cuarentón del tercero. Ella se lanzaría a sus brazos, gritando y llorando como una posesa ‹‹Te quiero. Te deseo; ¿me amarás a cambio?››. Hasta que la anciana conseguía controlarla a escobazos y devolverla a su prisión preventiva. Pues la enferma era contagiosa, peligrosa, y su enfermedad tenía un elevado índice de mortandad. La gente que había enfermado a causa de aquel extraño virus incurable e intratable, había sufrido dolores y penas sin igual. La enfermedad no se prolongaba durante más de tres o cuatro meses. Pero durante ese tiempo era como vivir en el mismísimo Infierno, si es que había uno. Pero la enferma, que era contagiosa, peligrosa y su enfermedad tenía un elevado índice de mortandad seguía enferma, y viva. Y así llevaba más de cuatro décadas. Y su anciana madre, que antes fue su hermana, se santiguaba ante la imagen de la virgen y le rezaba a Dios todos los días. Pues la enferma parecía ser inmortal. O aun peor: una muerta viviente. Estaba no-muerta, pues el virus no la podía matar. Enferma. Contagiosa. Peligrosa. Descompensaba el elevado índice de mortandad de la extraña enfermedad. La anciana vivía con el miedo metido en el cuerpo. Ella creía que la enferma era el Diablo y ella su guardiana. Y ser la guardiana del Diablo debe de ser una grandísima desgracia.


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28.11.09

gone to Texas with the Preacher


-Bear with me a minute. Uh... You want more coffee?
-I don't think so. Tastes like someone came in.
-I got excited when I heard you were on your way. Couldn't help it.











i'm so loving the Preacher...


27.11.09

historietas callejeras: el chico del que me enamoré en el tren a Plaça Catalunya

Esta tarde he vuelto a ver al chico del que me enamoré hace unos años en el tren a Plaça Catalunya. Eran las 8, hora punta. Entonces ambos éramos estudiantes. Vale, quizá él no lo era, porque no llegamos a presentarnos, pero a mí me lo pareció. Y sí, decir "enamorar" quizá sea exagerado y un poco cursilón. Quizá hubiera sido mejor un verbo más carnal. Pero bueno, eso ahora da igual. Ya lo he escrito, ¿no?
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Eran las tres de la tarde y yo iba camino de... Ahora no lo recuerdo. De repente, él estaba justo enfrente de la estación de tren de mi barrio. La vida le había tratado tan bien como a mí: lucía un encorsetado traje de raya diplomática, una camisa color pastel y un nudo de corbata demasiado apretado. Tenía entradas y ojeras. Se había quitado las greñas y los pantalones llenos de barro de encima. La misma nariz prominente que tanto me gustó, tan garçon. Los mismos ojos de escarabajo, pero sin brillo, sin la antigua despreocupación. Pero quizá exagere con el brillo de sus ojos, al fin y al cabo, por la mañana uno tiende a lagrimear más. Unas ojeras tan bonitas como las de entonces, pero me imagino que no de saltar y berrear en una pista de baile. Entradas, lo vuelvo a decir. Y cara de haberse tragado algo que no le gustaba especialmente. Amargura, pero no como la de la piel del limón, sino como la de esto-que-hago-no-me-gusta-y-es-lo-que-hay. Llevaba una carpeta de piel en la mano, un maletín y una gabardina, y unos zapatos demasiado pulidos. Yo que lo veía más cómodo y más feliz en aquellas bambas desvencijadas. Venía con prisas. Y estaba cansado. Y sobre todo, lamentablemente, se había quitado las greñas de encima, y también los pantalones manchados de barro.
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Me dio mucha rabia ver que ya no estaba tan guapo. No era el mismo. Y antes de yo querer pasar de largo, me vi a mí misma acercarme y espetarle, sin carta de presentación (al fin y al cabo, nunca hablé con él, y quizá no se acordaba de mí porque iba leyendo en el tren y sólo era yo la que estaba mirando):
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-Que sepas que la última vez que nos vimos estabas leyendo una mierda.
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(Y por respeto a la autora de esa basura no mentaré qué era).
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El me miró sorprendido. Los ojos como platos, pero sin el brillo del que hace las cosas con ilusión. Vamos, que fue un amor pasajero. No como el enganche que me produce Thom Yorke (¿Qué pasa? ¿No tenéis iconos sexo-intelectuales platónicos? Pues deberíais...). El agobio le inflaba el pecho. No sé si se enteró bien de lo que había dicho. Que a veces ya pasa, que uno escucha lo que quiere, o entiende las cosas al revés, o está en otra onda, o yo qué sé. Pero el muy bobo, me miró, se miró de arriba abajo y me soltó:
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-Tienes toda la razón.
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Acto seguido se deshizo el nudo de la corbata, se la quitó por la cabeza, la tiró al suelo y la pisoteó con saña. Y yo lo dejé allí, sin decir más, porque me dio un poco de repelús, y además, creí que era un momento muy íntimo. Era su corbata.
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Lástima haberme topado con él. Me gustaba más con greñas y los pantalones llenos de barro encima que con traje de rayas diplomáticas, camisa color pastel y nudo de corbata bien apretado.

24.11.09

levantarte a las 8 y estar lista a la 1... o de cuando la vida es demasiado perruna




































Ésta soy yo. Me he levantado a las 8 de la mañana. Y ahora que es la 1 puede decirse que estoy lista: limpia, vestidita y sin legañas matutinas. Mi vida se debe de haber vuelto demasiado perra. Pero mejor no pensar en la dirección que ha tomado todo, porque entonces me entrarían ganas de llorar, más que cuando pelo cebollas y me pongo las gafas de cuando iba a la piscina de pequeña.
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Ésta soy yo. Y algunos pueden pensar... Vaya desastre de mujer. Pueden tener razón. O no. Por cierto, suena PJ Harvey después de Radiohead. Los berridos de la grandísima Polly Jean (oye, quien quiera admirar a mujeres, pues que admire a Polly Jean) me acaban de sintonizar con el día. Vamos a hacer algo. Pero no os digo qué. Porque no os va a dejar boquiabiertos.
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Ésta soy yo. Solía relatar mis andanzas en clave aventura humorística. Y a veces contaba cuentos. Ahora intento, sobre todo, hacer lo segundo. Promulgaba un "a reír es sano" tan grande como una religión, un dogma, un credo y qué se yo. Y PJ por ahí sonando, no sé qué dice de volvernos lunáticos... Quizá tenga razón, seguro que ella sí, que para eso suele demostrar prudencia y sabiduría en todo lo que hace y toca (y si no, admirad su pelo; sí, para admirar a alguien, mejor que os fijéis en ella).
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Ésta soy yo. Parecida a como era antes. ¿La gente va mutando? No estoy del todo segura... Pero yo me pasaba para preguntar si queda alguien por aquí; por curiosear... Por saber qué os gustaría encontrar, soltar el rollo patatero del gracias por venir. Y, no, va en serio... En el fondo, me mola ser complaciente, es mejor que ser interesante (bueno, otras cosas molan aun más). En serio, que lo pregunto... ¿A vosotros qué os gusta? ¿Quiénes soy? Y pienso que quizá os pueda hacer caso. Y quizá vengan más. Y quizá alguien por fin me diga: joder, deja de decir gilipolleces. Y haz algo productivo. Y ponte las pilas. Y esas cosas que están muy bien, la verdad. Si la gente tiene razón, la tiene. Seguro.
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Pues eso... Es la 1, ya pasadas. ¿Qué hacemos con mi vida?
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Voy a empezar por pasar la aspiradora, si no os importa. Esa que no tengo. Pero dicen que las tareas domésticas también pueden llenar el alma. O no lo dicen.
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13.11.09

yo también quiero un amigo dinosaurio

A falta de ideas y ganas para escribir algo mínimamente interesante, un poco cultural y con buena ortografía (¡eso siempre!), dejaré por aquí un videoclip para quien tenga ganas de verlo. A mí me mola. Porque hay cosas del pop español que todavía molan, aunque pueda haber muchos escépticos, o muchos que prefieran escuchar los 40 putenciales. De los chicos de Virüs no puedo decir mucho. Sé que son de Barcelona. Sé que esta canción forma parte de un LP llamado Manual del Perfecto Cardiaco. Pero no sé nada más. Si alguien quiere aportar más datos, serán bien recibidos. Si no, pues nada.
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Yo sólo quiero tener un amigo dinosaurio,
que venga conmigo a cantar...
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Esto suena muy muy muy a un Razz loco, a las 4 de la mañana, cuando ya todo te da igual; qué importa si te duelen las piernas por haber estado 8 horas de pie en el trabajo o si tienes la lengua un poco gangosa... Tú bailas y lo demás es mierda.
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11.11.09

08

Ahora voy a escribir lo primero que se me ocurra. Y lo primero que se me ocurre es: la ceniza de un cigarrillo no se puede tirar por la ventana de un quinto piso, marrana. Pido perdón. Pero es que estaba nerviosa. Confío en que no haya caído sobre una calva, que no quiero que nadie se ofenda por yo ser una marrana. Las cosas son lo que son. Si me puedo matar un poquito a mí misma, ¿por qué no? Pero es tan bonito tener un himno, y derrocar muros, como hace veinte años. Yo decía que reír es sano. Y afirmo que lo es. Pero últimamente no tengo tiempo para la imaginación al poder. Sólo tengo tiempo para estar hermética y abandonarme al letargo. Como ves, una mierda. Aunque no tanto como que te caiga la ceniza sobre la calva. Y qué decir de la colilla...
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Me he propuesto no corregir lo que estoy escribiendo, y no lo haré. Lo primero que se me ocurra, y lo segundo después. Y lo segundo que se me ocurre es que todos tienen problemas. Y todos madrugan, y van a trabajar, o a buscar trabajo. Y ellos también lloran cuando el mundo les agobia. Así que no soy un bicho raro. No soy un luciérnaga. No soy una brizna de hierba, ni un bebé de trece meses. Me ha tocado ser yo. A veces molo, a veces no. A veces parece que soy una sumisa, que se conforma con el "así son las cosas, qué le vamos a hacer". Pero en realidad soy una polilla en un fragmento inmaterial, cuando quiera o a tiempo parcial. Y eso no me lo quita nadie. Qué le vamos a hacer... Siempre me ha gustado crear momentos paralelos, y esconderme en ellos, hasta que la tormenta amaine.

6.11.09

it's a cruel world...

Mi madre estaba teniendo la peor de las pesadillas: alguien la perseguía con la intención de asesinarla, y por una leve equivocación, había decidido tomar el camino de la derecha y meterse de pleno en un callejón sin salida. Mi madre dormía intranquila en su habitación cuadrada y estucada, amueblada a la antigua usanza. No podía ver a su agresor. De todas formas, intuyó correctamente que se trataba de un asesino con poderes mágicos, de una brutalidad y una crueldad sin iguales. Aquel ser le había preparado a mi madre un fin horrible: ardería, hasta deshacerse como la cera de una vela. Aunque corriese para salvar la vida, sentía que una llama se la comía por dentro. Ella no podía verle el rostro al asesino, pues no estaba dispuesta a rendirse y, haciendo alarde de una velocidad que no posee, (al fin y al cabo, era su pesadilla) seguía corriendo como una posesa, a pesar del ardor que sentía en el pecho, que le hacía pensar que en cualquier momento iba a comenzar a echar humo por las orejas, y de forma literal.
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Entonces despertó. Al abrir los ojos, una luz roja la cegó. Olía a chamuscado. Entonces, comprendió de dónde surgía aquel calor insoportable que le generaba tal malestar. Es horrible pensar que mi madre creía que iba a morir. Pero es que había estado durmiendo junto a un horno. De repente, en vez de la mesilla de siempre, con sus dos cajones, la lamparita y el marco de fotos con un retrato de su difunta perra, Dina, mi madre encontró un horno. Un horno blanco, sin fogones; un modelo bastante anticuado. El horno funcionaba a tope, y a través de la ventanita del aparato, mi madre comprobó con horror que en el interior del horno no se estaba quemando un pollo asado, sino su ropa interior: bragas, medias y sujetadores. Ardían, dando vueltas, como canelones recalentados. Y empezó a aullar como una loba herida. Histérica. Había estado durmiendo junto a un horno durante toda las noche, con todos los peligros que conllevaba: cortocircuitos, ondas radioactivas y cancerígenas...
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Soltó un nuevo alarido y, por supuesto, despertó. Porque era una pesadilla. Menos mal que no le dio tiempo a abrir el horno para salvar las bragas, porque no llevaba guantes de protección.