A veces, los refranes son absurdamente ciertos: "Si no puedes con el enemigo, únete a él". Por eso, yo he cambiado de opinión, lo reconozco, lo lamento por vosotros (bueno, no), pero harta de tanto tocapelotas en las salas de cine, ahora la tocapelotas soy yo: ¡Sí, abro bolsas de patatas fritas y hago cric, cric en el cine! Y luego psssshhh con la botella de Coca-Cola. Y encima, lo compro todo en el súper y me lo escondo en el bolso. Beneficio para la casa: 0 patatero. Y cuando creo conveniente hacer un comentario a mi acompañante, se lo hago. En medio de la película. Sea quien sea el que sale por la pantalla (bueno, si fuera Gary Oldman me callaría). Molesto de forma consciente y moderada. Tampoco penséis que como con la boca abierta, para ser más sonora, o que me pongo a recitar la Biblia de mi vida en verso al que tengo a mi lado. No, pequeñas dosis, pequeñas. Pero oigan... Funcionan. Ahora los demás me molestan menos. Los demás que siempre están de más. Sobre todo esos. Que no sé quiénes son.
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Si molesto lo siento.
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Bueno, la verdad es que no.
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