16.1.11

la no-ideología

Estábamos destinados al fracaso. La No-Ideología estaba destinada a no fraguar. En aquel expositor arrinconado, ante el que pasaban miles de personas a diario sin mirar. Ni tocar. Ni acercarse para no embadurnarse de todas aquellas ideas que correspondían al No. Al instinto de negación de la realidad y, por consiguiente, a la devoción absoluta y total por la No-Ideología. No la confundamos con la fantasía, la irracionalidad o el delirio. Ideas que podemos llegar a conjeturar como superfluas, como variaciones castradas de lo que vemos mediante los ojos. No podemos definir la No-Idea sin idealizarla y subirla a un pedestal. Por lo tanto, no lo haremos. Y por eso, lo sabemos, estábamos predispuestos a no cuajar, a hundirnos en la miseria. Sin adeptos. Sin beneficios. Parásitos sociales con comportamientos poco normales, rozando lo antinatural. Y sin embargo, dispuestos a entregar nuestra vida a la No-Ideología, al más puro estilo fanático. Como los que enarbolan banderas o se afilian a partidos. Como los que creen en ese credo tan cruel que recorta la libertad hasta hacerla desaparecer. Como los que aman incondicionalmente a X o a su madre. Es una convicción casi insana. Y a veces me pregunto si realmente la inventó la Humanidad. 
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Pero la No-Ideología bien lo vale. Ignorados. Repatriados del No. En aquel rincón desierto, donde esperaban los cien mil ejemplares incendiarios de la No-Ideología. Donde permanecían sin ser tocados, sobados, leídos, absorbidos, pasados, de mano en mano, de boca en boca. Menos exitoso que un catálogo de supermercado. Pero lo importante -lo quieran o no- es su mera existencia.
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Continuaremos.
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