El rey de aquel país
When I am King
You will be first against the wall.
Radiohead, Paranoid Android
−Ahora eres rey. Tras esa puerta encontrarás el país que gobiernas.
La voz que salía de la negrura no dio más detalles. Joaquín no supo qué pensar. Miró la pequeña puerta metálica, cuya cerradura era minúscula; al pasar bajo el umbral tendría que agachar la cabeza. Tan sólo unas horas atrás estaba sentado frente al ordenador, en uno de esos cubículos que simulan un despacho, en su último día de trabajo para aquella compañía a la que tanto tiempo había dedicado. Y ahora le anunciaban que era rey. No lograba adivinar cómo se había producido tal intercambio. Hasta ahora había llevado una vida mediocre. No, no era posible. Aunque la voz había sido contundente: «eres rey», le había dicho. Recordaba que había empezado a llover de camino al metro; en una caja había depositado su bote de bolígrafos, la caja de clips, la grapadora, la calculadora y cuatro tonterías más. La había dejado en una esquina junto a una papelera porque era una caja demasiado pesada y llena de cosas inútiles. Cruzó la última calle antes de la estación. Y luego ya no había más. No había bajado las escaleras que conducían al metro. No había sacado el bono de viajes del bolsillo. No había atravesado las compuertas. No había esperado en el andén. Porque de repente había aparecido en aquel lugar tan sombrío, que olía a cerrado y una voz le había hablado. Le había dicho que era rey. Que tras aquella puerta se encontraba su país. Su reino. Debía tratarse de un error. Él no podía ser monarca de ningún país. Él había nacido Gutiérrez Gutiérrez y hasta donde podía saber ninguna dinastía europea, africana o asiática ostentaba tales apellidos. Quizá era un hijo bastardo.
No obstante, no preguntó a la voz por qué lo habían traído allí − pues estaba seguro de no conocer aquella especie de sótano− y, por lo tanto, descartó el haberse dirigido a aquel lugar por propia voluntad. Aunque sentía curiosidad ante tan insólita revelación, calló. No podía creer que le hubieran anunciado que era rey, pero de forma instintiva se tocó la ropa y supo que era rey. Le habían quitado la camisa, la corbata y los pantalones de pinza que se había puesto aquella mañana. Pudo palpar que llevaba una capa y diríase que lujosa porque era muy suave al tacto; entonces se dio cuenta de que en cada uno de los dedos llevaba una sortija, muy valiosas juzgando por el tamaño de las piedras. Notó un peso en la cintura y, al bajar la mano, se dio cuenta de que también cargaba con un cinto y una espada. La empuñadura estaba fría; las gemas en sus manos brillaban en la oscuridad y Joaquín se sintió extasiado. No comprendía qué estaba sucediendo, pero la voz no se había equivocado. Tal atuendo no le correspondía a un administrativo de pacotilla y desempleado. Aquéllas eran las verdaderas galas de un rey. Y se imaginó bello, favorecido. Al llevarse las manos a la cara, supo que lo era. Tenía más pelo, allí donde antes había preocupantes entradas tocó una serie de rizos. La pequeña protuberancia que convertía su nariz en diana de comentarios hirientes se había desvanecido. Su piel era más suave, ahora llevaba bigote y perilla. Ya no necesitaba gafas, lo sabía porque distinguía la puerta, iluminada por la luz que entraba por la rendija inferior. Pasó la lengua por sus dientes y comprobó con satisfacción que todos eran rectos. E imaginó que tenía los ojos azul celeste, de ese color tan exquisito que siempre llama la atención.
Era rey. La voz no mentía.
Tras esa puerta lo esperarían sus vasallos. Sus súbditos arrodillados rindiéndole pleitesía. Comenzó a fantasear con una horda de fieles seguidores que lo reverenciaban al pasar. Ya podía escuchar trompetas acompasadas mientras él descendía una escalinata de mármol sonriendo y saludando a la turba, que lo amaba, que lo tenía presente en sus oraciones diarias.
Joaquín era bastante mediocre, con pocas luces y muy dado a soñar despierto. Haberle dado aquella noticia era como dejar al ladrón el cofre del tesoro abierto a sus pies. Una bomba de relojería. Se lanzaría a la piscina y abrazaría la vanidad; tan sólo la voz y su apariencia habían bastado para que se creyera noble, valiente y merecedor de tal honor. Fue corriendo hacía la puerta, que no puso impedimentos cuando quiso abrirla. Y salió a la luz del sol, a reinar en su país. En su interior hervían crueles pensamientos, como por ejemplo, el de encontrarse a su jefe de rodillas, arrepentido por el trato que le había dado a Joaquín en la oficina, por despedirlo. Pensó que lo mandaría al cadalso sin demora.
Pero sólo lo recibió el sol de mediodía.
Y nadie más. Allí no había nada. Su país era un desierto hasta donde alcanzaba la vista.
Joaquín se quedó con la boca abierta. Aquello no se lo esperaba de ninguna manera. Sintió una punzada de inquietud. No soportaba verse solo, en medio de la nada, sin saber adónde ir. Se dio la vuelta en busca de la puerta, pero había desaparecido, y tras él, de nuevo, todo era desierto. Por primera vez se planteó el estar teniendo una pesadilla. Pero la voz interrumpió esta línea de pensamiento:
−Su majestad no está soñando. Ser rey es su destino. Ya está escrito.
−Pero hay un error…−balbució nuestro monarca deslucido.
Parecía que en aquel país solamente había arena, piedras y gravilla. Y el sol de mediodía, una circunferencia abrasadora. Gruesas gotas de sudor comenzaron a resbalarle por sus bellas facciones. Una ligera angustia empezó a atenazarle el pecho. Aquí moriré de hambre, pensó.
Y la voz repuso:
−No morirá. El rey puede ser eterno.
A Joaquín no se le ocurrió ninguna pregunta inteligente. Se quedó allí plantado, rígido, en una parálisis casi total, como si su cuerpo se hubiera transformado en un maniquí. No se le ocurrió preguntar dónde podría saciar su hambre. A lo que la voz hubiera respondido cortésmente; al fin y al cabo, era la fiel servidora omnipotente del monarca. Y también estaba la sed; empezaba a sentirse sediento a causa del calor; llevaba demasiada ropa de abrigo, un atuendo inapropiado para un día tan caluroso.
Al fin, se decidió a explorar su reino. Comenzó a caminar. Pensó que quizá, al alcanzar el horizonte, una colina descendería hasta la civilización que lo esperaba para que gobernase. Pero llegó hasta el horizonte. Y luego hasta el siguiente. El cansancio estaba a punto de vencerlo, notaba como al llegar hasta el tercer horizonte las piernas empezaban a flaquearle, y aquel paisaje no variaba. Seguía estando rodeado de arena, piedras y gravillas; el sol del mediodía, al que ya odiaba, lo acompañaba allá donde fuera. Tenía mucho calor, notaba los pies cocidos dentro de sus lujosas botas de montar, que a pesar de la larga caminata en aquel infierno de polvo seguían viéndose lustrosas y relucientes, dignas del rey.
Entonces Joaquín se detuvo y se dejó caer sobre el suelo con las piernas abiertas, sin ningún tipo de reverencia. Se llevó las manos a la cabeza y, por primera vez, se dio cuenta del adorno que llevaba: una corona, una enorme corona que el sol calentaba hasta el punto de convertirla en hierro candente. «Ay», gritó nuestro quejica soberano. El necio llegó a la conclusión de que aquel era el peso que había sentido sobre la cabeza desde que había llegado a su país, y no las tribulaciones o el sol abrasador. Un chiquillo no hubiera tardado más de medio segundo en percatarse de que llevaba una corona. De hecho, lo primero que habría preguntado un niño era dónde estaba su corona. Aunque ostentar el título de rey no significa que uno sea sabio y preclaro por naturaleza. Joaquín no lo era. Y no iba a aprender a serlo.
Estuvo allí sentado durante un buen rato, a la espera. Le bastaron un par de minutos para echarse a llorar. Se compadecía a sí mismo, sollozaba e hipaba, mientras el miedo a la soledad lo poseía. «Qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer», repetía. Y la voz siempre tan servicial contestó:
−Gobernar su país, Su Majestad. Ése es su cometido. Por la gracia de Dios.
− ¿Mi qué? ¿Pero qué país? ¡Aquí no hay nada!
La voz calló porque ya había contestado a esas preguntas. Y no creyó oportuno molestar al rey en semejante estado. Joaquín no era capaz de formular preguntas inteligentes, tampoco mostraba interés por su princesa ni por los asuntos del reino. No quiso saber dónde se encontraba su bella damisela, ni qué reinos fronterizos le habían declarado la guerra. No sabía deshacerse de las vestiduras morales que una vida mediocre en la humanidad le habían grabado a fuego en el sistema nervioso. No se podía olvidar del tic tac del reloj despertador, de la máquina de café, de los empujones en el metro, del letargo que le imponía su piso de soltero; todavía recordaba los gritos de los vecinos; de cómo le costaba llenar la nevera porque todo era cada vez más caro. No podía arrojar de sus entrañas la necesidad de ser parte del redil. No sabía pensar como rey. No sabía aspirar a la excelencia de su posición; no encontraba la forma de sobreponerse a la dificultad. Echaba de menos su monótona vida porque parecía más fácil. Pero por gracia divina era dueño y señor de aquel país, era el número uno en el escalafón. Él tenía que decidir. Nadie lo podría desterrar, ni derrocar. Su monarquía era vitalicia y, sin embargo, su nulidad le impedía aprovechar la ocasión. Joaquín no sabía vivir a lo grande, pensar a lo grande, moverse a la grande, con esa majestuosidad de la que hacían gala los antiguos monarcas de Francia o los emperadores de la China. Él creía que aquel destino no le pertenecía. Como comúnmente se diría, no daba la talla.
Sin embargo, era el rey.
También poseía atributos de rey aunque no fuera capaz de darse cuenta. Podía ser cruel; ahora sólo tenía que ser el más cruel si así lo quería. Siempre había sentido ganas de dañar a los que lo rodeaban, pero en el mundo al que antes pertenecía aquello no se lo podía permitir, hubiera sido inadmisible. Cuando veía reír y disfrutar de la vida a los demás, soñaba que una desgracia repentina les arrebataba la alegría, que el sufrimiento borraba aquellas sonrisas felices para transformarlas en muecas de amargura. Una amargura tan amarilla como la suya. Más aun, había fantaseado con ser el agente que provocaba dichas penurias, con infligir daño al prójimo, con someterlo, con decidir su suerte. Además era avaro, ahorraba cada céntimo, porque cada vez codiciaba más cosas: quería una tele más grande, una nevera más llena, un sofá más mullido. Así sentía un rey. Joaquín tenía gran predisposición a poseer cosas materiales. Pero tampoco se había interesado por conocer el paradero de sus riquezas. No había exigido que le entregasen su cetro real. También era vengativo. Nunca perdonaba las ofensas aunque así lo pareciera, aunque aceptara un «perdona» con una falsa sonrisa. Él, en realidad, siempre había deseado y ambicionado el poder. Cuántas noches había llorado amargamente, cuánta frustración contenida, cómo encorvaba la espalda a diario como un campesino jorobado por las tareas del campo. Y todo por el sufrimiento que conlleva ser desgraciado. Como un rey, que si no pudiera ser rey, no sabría ser otra cosa y sería sumamente infeliz. Un rey en el exilio, sin poder gobernar, es el ser más desgraciado e inútil sobre la faz de la Tierra.
No obstante, en aquellos momentos Joaquín obviaba todos estos detalles. Lloraba sin consuelo mientras el sol lo achicharraba. Notaba las arandelas de sudor en las axilas, la frente perlada.
Al fin, al cabo de las horas, se levantó y empezó a vagar sin rumbo fijo. Sin querer saber adónde ir. Sin querer disponer. Sin formular ya por fin alguna pregunta inteligente. Vagó en círculos, en diagonal, haciendo eses. A ratos tranquilo, a ratos, desesperado. Corrió un poco, pero el ímpetu no era una de sus características. Se dijo que podría encontrar un oasis, que en todos los desiertos había uno. La búsqueda no obtuvo resultados.
La voz contemplaba todo aquello con impotencia y resignación. Al fin y al cabo, era su rey y le debía obediencia. Pero desde luego no estaba satisfecha con semejante panoli. Joaquín se abandonó al quejido gutural. En un par de ocasiones, gritó un « ¡Hola, hola!». La cabeza le daba vueltas. Se mareaba. La sed era insoportable y empezaba a tener hambre. Quería dormir. Pero allí no había comida, ni agua, ni lecho donde reposar sus reales posaderas. Estaba muy cansado tras el viaje infructuoso y desesperanzador. No pudo encontrar a la civilización, ni siquiera un triste oasis.
Entonces, en vez de pararse a reflexionar sobre su situación y formular una pregunta inteligente, acometió una acción imposible y del todo inoportuna, estúpida como él solo: intentó desprenderse de la corona. Pensó que así se acabaría la pesadilla de ser rey. Tiró de ella, pero no hubo manera. Comenzó a gritar como un poseso, a sacudir la cabeza como si mil demonios habitaran su cuerpo, dio una voltereta en el suelo con la esperanza de que la lujosa tiara se desprendiera de su cabello y pudiera darle una patada. Pero ni con esas. La corona era una prolongación de su ser. Porque era rey. Y la voz se lo confirmó, aunque fuera evidente:
−Un rey no debe separarse de su corona, mi señor.
−¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Dímelo.
Y la voz, fiel a su honestidad y a su servidumbre, respondió:
−Porque es el símbolo de Su Majestad. La prolongación de su ser.
Joaquín, en realidad, lo que quería saber es por qué Él y no otro. Por qué era rey. La voz escuchó este dilema en su interior, pero no quiso contestarle, porque ya lo había hecho con anterioridad. El rey de pacotilla también tiró del cinto y de la lujosa espada, y tampoco hubo manera. Estuvo un buen rato intentado desprenderse de la capa. Intentó romperla con los dientes. No pudo. Y en ningún momento preguntó o quiso saber dónde estaba su ejército, quién guardaba su corcel blanco o su fiel mastín de color café. No parecía querer conocer a su bufón, ni sentía curiosidad por los trovadores del reino, por el pregón, por el último ahorcado, por la bruja que esperaba juicio y una sentencia desfavorable. No pensó en nadie. Ni en el cura, ni en el verdugo, ni en el tesorero. El rey egoísta sólo se acordaba de sí mismo. No quería demostrarle al mundo su grandeza, que tampoco tenía, se dijo la voz con cierta tristeza. No conseguiría la templanza de un monarca experimentado, porque no le interesaba reinar. Tendría una camarilla de cuervos y alcahuetas ruines y mezquinas, si la tenía, porque no estaba haciendo nada por salir del desierto y desde allí le sería muy difícil gobernar. Joaquín era un rey muy poco meritorio, peor aun, era un rey sin espíritu de rey, sin ideas, sin caprichos, sin designios. Era un rey bajo el sol y punto. No había nada más en Él que esa imagen vergonzosa de una persona que llora a lágrima viva, un cobarde que no sabe adónde ir, ni qué hacer, que se queja, que echa de menos al resto sólo porque rodeado por la multitud disfrazaría los problemas que lo atormentan desde que es un niño. Era rey, pero el pueblo no lo amaría. No le importaba si pasaban hambre, si los ejércitos enemigos quemaban sus humildes moradas, si los revolucionarios contaminaban las mentes de la plebe coetánea con discursos incendiarios sobre la libertad, el derecho a elegir y la igualdad de condiciones.
Su Alteza estaba atemorizada hasta la médula. En aquellos momentos, Joaquín se sentía tan pequeño y desamparado como un insecto. Empezó a pedir a grito pelado lo más fundamental, y a veces necesario, que existe en el mundo, mientras se precipitaba en el interior del desierto:
−Por favor, ayuda. ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayudadme!
Pero un rey no pide ayuda. Un rey no debe estar desesperado por su salvación. Un rey no puede esperar la misericordia, la tiene en sus manos para impartirla si lo creo oportuno. Un rey exige. Un rey no puede llorar pidiendo que el pobre haga un esfuerzo sobrehumano por él. Lo ordena. Un rey debe inspirar devoción para que sea natural en el resto de mortales prestarle un favor sin esperar nada a cambio. Un rey no es hombre. Un rey está por encima de los hombres tal como los conocemos.
Por eso la voz calló, asombrada al presenciar la patética actitud de su monarca. Qué pensaría el enemigo. Si las hordas del país vecino que le había declarado la guerra, aunque Joaquín lo desconocía, supieran qué estado de enajenación presentaba − pues la voz, benévola, prefirió suponer que Joaquín había enloquecido antes de convencerse de su pusilanimidad− no tardarían más de medio segundo en conquistar y hundir en la miseria y la tiranía aquel país. El que Él debía reinar.
Debe de ser cierto aquello que dicen sobre los excelsos, los magnánimos, deben de estar hechos de otra pasta, con otra horma. Una materia muy poco habitual que solamente se transforma en ser humano en contadas ocasiones.
Sin embargo, era rey. Tenía el mundo a sus pies por derecho divino.
Pero Joaquín únicamente era capaz de concebir su situación como terrorífica. Se venció a un ataque de ansiedad. Siguió con el por qué, por qué, por qué. Empezó a gritar «Dios mío, quiero volver». Y la voz educada preguntó:
−¿Adónde desea volver Su Majestad?
−A mi casa, por favor.
La voz no fue capaz de comprender, bien hay que decir en su favor que era una pregunta extraña. Un rey no tiene casa tal como lo entiende el mundo moderno. De hecho, la voz no era capaz de entender el concepto casa en boca de un ser tan superior. Además, ella moraba en un espacio temporal distinto al resto. Pero dedujo que casa se refería a todas las moradas, chozas, y chabolas donde el pueblo hacía frente desde siglos inmemoriales a tiempos aciagos, de mala administración, enfermedades y hambre. Y aquello la desconcertaba. No sabía que su rey habitaba en una edificación tan pobre, tan pequeña, tan indigna de la gracia que le otorgaba su linaje. Por eso, por no dejar al rey sin respuesta, ni que pudiera pensar que no lo sabía todo, dijo:
−Este es vuestro país, mi señor.
Joaquín supo entonces que ya no podría recuperar su vida mediocre. Su rutina. Su recién estrenado estatus de desempleado, de ruedecilla insignificante en un ecosistema putrefacto donde no era nadie, prescindible, olvidable. Ya no tenía teléfono, ni tele, ni nevera llena. Tenía reino, espada y corona. Y malos presagios. No había marcha atrás. Aquello lo atemorizaba de forma indecible. Qué iba a hacer, qué iba a hacer, qué iba a hacer. La voz, casi abocada al llanto, ante panorama tan desolador, repitió, aunque ya lo había dicho antes:
−Su Majestad debe reinar.
Joaquín echó a correr. Gritando un no tan fuerte como el viento, un estruendo desesperado, propio de un lunático y un maleducado. Si hubiera tenido ojos de carne y hueso, lacrimales funcionales, la voz habría llorado al ver como su rey era inútil y no se preocupaba en disimularlo. Joaquín siguió gritando y corriendo, tal incertidumbre le sobrepasaba.
−¡No quiero ser rey!
Y por primera vez, la voz dudó:
−Pero mi señor…
Silencio de tres segundos.
−Alteza, sois el rey.
Era cierto. Joaquín era rey, el único rey de aquel país. Al principio, había parecido el candidato idóneo; no hay nada más decisivo que ser rey por gracia divina. No hay réplica posible, ni otra elección aunque fuera deseable. El rey es el rey. Nadie lo vota. Ni lo elige. Únicamente unos pocos nacen reyes. Él era uno. Aunque superfluo. Aunque esmirriado. Aunque desprestigiaba su estirpe. Aunque no se merecía el valor de su corona. Aunque no había formulado ninguna pregunta inteligente, porque le daba igual, porque no podía vencer al ser mediocre que había sido antes y vivir con excelencia. Porque no apreciaba la suerte que había tenido. No preguntó por los viñedos, ni por los bailes que se celebraban en la corte, ni por la Reina Madre, ni por la cárcel que ya tenía todas las celdas ocupadas y repletas de bribones y miserables. No preguntó por su adivino. Ni se interesó por la curandera que le proporcionaba todos aquellos remedios y ungüentos, ni por el sastre que le ajustaba las mangas y lo adornaba con tanto acierto, ni por el sombrerero, ni por el pastelero, ni por los poetas que debían componer versos en su honor. Ni por el estado del comercio, que era pésimo. Casi tanto como él. No, eso no.
Su única ocupación actual eran el llanto y el miedo. El pánico. El terror. El pavor. Era como el recién nacido que berrea en los primeros minutos de vida, supongo que por el impacto inicial que uno se lleva al sustituir el plácido líquido amniótico por un mundo feroz. Era comprensible, pero no en el caso de Joaquín, que había abandonado ese mundo devastador por un reino entero que le pertenecía. Lo habían condenado a sufrir los avatares de un desempleado ya entrado en la cuarentena, que malviviría con el paro y los pocos ahorros que había juntado, y que tendría que luchar con las alimañas para volver a colgarse el yugo de una rutina aceptable: casa, trabajo, trabajo, casa. Pero la gracia divina quiso salvarlo. No se daba cuenta de que ahora era un ser hermoso, un bienaventurado, que podía sacar pecho y parecer robusto, fuerte, que tenía tantas almas a sus pies como quisiera, un extenso país, que el sol no lucía para él como para el resto de los mortales. No pensó en ningún momento en consolarse con el hecho de que ser rey es la mejor de las fortunas. Porque no podía ver más allá de la grava, la arena y las piedras. La voz esperaba, pero el rey callaba en una introspección que se preveía eterna.
El rey había sucumbido a la locura. El rey luchaba contra un monstruo inexistente, pues no caía en la cuenta de que el desierto no era enemigo, sino de su propiedad. El verdadero villano era la materia gris tan poco ágil que le había tocado albergar. El rey era una tabla rasa. En una escena vacía. No tenía chispa. Ninguna capacidad de inventiva. La voz, ya impasible, resignada, contemplaba cómo ahora Joaquín se lanzaba al suelo y levantaba el polvo con puñetazos furiosos. «¡No quiero ser rey! ¡No quiero ser rey!», gritaba. La voz calló. El rey enajenado se encogió en posición fetal, muerto de miedo, desvalido.
Todavía no sé en qué momento exacto tan lúgubre idea nació en su interior. Quizá ya hacía tiempo que la incubaba. Cómo no iba a ser así si vivía una existencia francamente triste, en un mundo enfermizo, en una sociedad podrida. Sin amor. Sin valor. Sin riquezas. Sin dominio. Aquel pensamiento, sin duda, surgía de una semilla que había empezado a echar raíces tiempo atrás. Quiero morir. Ya no puedo más. En el fondo, era muy injusto consigo mismo, muy severo. Su reinado acababa de empezar, no se había dado tiempo a mejorar. A acostumbrarse. Tiraba la toalla antes de ver a su princesa. Cómo era posible que nunca hubiera pensado en ella. Que no la desease. Que no la amase. Sin montar a su caballo. Sin empuñar la espada en pie de guerra y espolear a sus guerreros que lo seguirían fieles a una muerte segura. Las hordas del país vecino eran numerosas. Sin sentir el éxtasis de la conquista del mundo, del mundo arrodillado ante Él, antes un pobre desconocido. «Que se acabe, que se acabe, que se acabe», repetía.
Y la fiel voz, volvió a reprochar:
−Pero señor…
Porque lo último que se pierde es la esperanza.
−Que se acabe, que se acabe. Basta. Basta –mugía Joaquín en el suelo, con los ojos cerrados, moqueando sobre la arena. El sol abrasaba su rostro, lo había hecho enrojecer. Sentía que la temperatura de su cuerpo se elevaba; en su estado febril ya no podía razonar; empezaba a oler mal de tanto sudar bajo la capa. Y seguía con la cantinela, obstinado:
−Quiero morir. Quiero morir. Ya vale. Que se acabe esta tortura. Ponle fin.
La voz tardó varios segundos en reaccionar. Por primera vez, Su Alteza le transmitía una orden, aunque es cierto que no era la esperada. Pero Joaquín en ningún momento había hecho una pregunta inteligente. Como por ejemplo, dónde estaba su trono, o dónde el aposento de su princesa, en el salón de su gran palacio, en su fortaleza, en la ciudad principal de su reino, que cada vez era más populosa y que se iba ensanchando, quitándole terreno a aquel inhóspito desierto. No le había exigido que le indicara el camino, que lo transportara hasta su lujosa alcoba. No le había ordenado a la voz que lo llevara a su palacio, que lo sentara en su trono. Si un niño hubiera sido rey, la primera pregunta hubiera sido: « ¿Dónde está mi trono?». En vez de eso, el primer designio real era: «Ponle fin. Acaba conmigo». Y la voz, con todo el dolor de su corazón, con angustia, pero fiel hasta el final, tuvo que obedecer. Porque ese era su cometido principal, obedecer.
La voz empleó todo su poder mágico. En un instante hizo que el Sol cayera desde su bóveda celeste, que se acercara hasta Joaquín, aún en posición fetal, en un descenso majestuoso, un movimiento espacial del que sólo el Astro Rey era capaz. El rey de mi país no pudo aguantar el calor infernal que Su Alteza amarilla desprendía. Gotas de magma cayeron alrededor del derrotado monarca, que seguía sollozando, sin percatarse de que un círculo de fuego lo cercaba. Atrapado por propia voluntad. Ni siquiera se molestó en gritar, o en toser por la falta de aire que suponía el estar tan cerca de la estrella reina del mediodía. Primero prendieron sus ropas y al poco la carne del rey se contagió de las llamas. Explotó. Se derritió como si fuera de cera.
Hasta que sólo quedó la ceniza, que se confundió con la arena y la grava. El rey abdicaba de reposar eternamente a merced de los gusanos en un mausoleo imperial. Había preferido el inhóspito desierto, una fosa común donde nadie podría reverenciar su memoria con flores o un funeral de estado.
No obstante, no puede decirse que fuera un final vergonzoso. No hay lugar para la deshonra. Ni la compasión. Porque es digno del rey morir en manos del soberano del cielo sobre nuestras cabezas por la gracia de Dios.
FIN
1 comentarios:
Et vaig dir que et comentaria el text i aquí estic...
T'he de dir que fa dies que me'l vaig llegir però fins avui no he trobat moment/ocasió/inspiració per a escriure't quatre coses.
En fi.
Influència claríssima de Kafka, però d'un Kafka que em remet al llibre "El espejo en el espejo" de Michael Ende, que si no has llegit et recomano - ja te'l deixaré- perquè és un absurd diríem màgic, sobrenatural moltes vegades.
Per altra banda, em sembla que és dels pocs contes teus que em semblen sorgits d'una certa mentalitat cristiana, amb nocions de culpa i de destí que em recorden a Dostoievski. Clar que el personatge té poc de intel·lectual, però sí molt de psicològic. No sé, m'ha fet pensar!
En un altre aspecte, el conte m'ha semblat que amb una mica de poda i eliminació de parts guanyaria moltíssim. Hi ha una certa repetició de temes i frases i a vegades es fa una mica farragós. Diria que la situació i el desenvolupament de la trama no requereixen de tantes paraules, perquè la sensació de desconsol, desconeixement i horror ja se senten de bon principi, de manera que al final acaba per fer-se un pèl repetitiu i previsible.
Però així en general m'ha molat molt. A veure si el presentes a algun concurs!
(Com per exemple aquest: http://portal.uned.es/portal/page?_pageid=93,1275430,93_20553319&_dad=portal&_schema=PORTAL)
Una abraçada gegant
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