1.9.11

boletín desde el taburete del mostrador informa

Sostenía en la mano aquel billete de vuelta; absorta contemplaba la fecha: 29 de agosto. Caducado. Debía resignarse ante la evidencia: ahora era imposible el viaje de retorno. Nueve euros desperdiciados porque o bien no se acordó, o bien tuvo unos instantes de valentía para cambiar su vida que poco le duraron. Tendría que llamar a su jefe e inventarse alguna enfermedad. Tendría que preguntarle a su hermano si podía pasarse por casa y regarle a Petunia y Don Geranio. Tendría que volver a hacer la cola en la taquilla. Sí, el mismo tren, distinto día. 12.40, destino XXX.
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Pero desde el taburete del mostrador se interceptó un pensamiento de lo más revelador y que no debe bajo ningún concepto pasarse por alto. Un secreto anclado en su subcosnciente, sin su permiso: volvía a casa con un virus interplanetario que causaría estragos y tendría consecuencias irreparables. Poco a poco, día a día, mutaría en un nuevo ser, con sus mismos ojos, manos y pies. Mismo color de pelo. Mismo tono de piel. Pero radicalmente opuesta a ella.
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La que cogería el tren de las 12.40 con otro billete de vuelta se convertiría en un ser motorizado desde el Planeta Prirros, un satélite en órbita para espiar e informar sobre los movimientos humanos que los prirronenses deberían tomar con cautela cuando decidieran iniciar la Gran Operación Celeste de ocupación interplanetaria. Una enemiga de la raza humana con los mismos ojos, manos y piel que el resto del mundo. Un plan perfecto para una sociedad más avanzada que la nuestra, que tenía claro que el planeta Tierra debía ser colonizado.
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Por su bien (o quizá no).