Había pensando en dedicarme unas frases conmemorativas por mi vigésimo quinto cumpleaños. Pero se me pasó la ocasión. Lo tenía en mente, e incluso había imaginado parte del guión. Un minuto después reflexioné y analicé con otros ojos lo que quería poner. Todo resultaba sensacionalista, sentimental y vacío. Absurdo. Vano. Poco exhaustivo. Y además, ya se sabe, que mi sinceridad textual se pierde en el afán de adornar y decorar con palabras. Ni que yo fuera de lagrimilla fácil. Resultó incoherente e innecesario que os explicara las dificultades de mi nacimiento, que tantas veces he imaginado en versión cinemascope. Nos hubiera dado para una tragicomedia de tarde de domingo, pero al final nací. Y punto. Podría haber repasado mis memorias escolares, pero hay muchas amargas y vergonzosas que hubiera querido obviar. De tal forma, hay cosas que me alegran el recuerdo de aquella etapa, a veces tan oscura, y que no os explicaría por miedo a recibir comentarios hirientes. Pero vete tú a saber por qué iba a suceder tal cosa. ¿Quién en su sano juicio se va a parar a comentar sobre un personaje tan poco importante, aunque para mí sea vital? ¿Es que la gente no tiene educación suficiente para ser comedida? Luego pensé que tendría que saltarme la adolescencia por completo, porque no me gusta nada y reaparecer en los 17, que me encantaron. Y tendría que mentar a terceros sin permiso, o disfrazando referencias. Tendría que pararme a listar logros y deprimirme, por tantos castillos en el aire. Sin contar que el mayor logro es seguir aquí y respirar. Y me lo repito.
Decidí que no iba a hacer tal cosa. O quizá sólo se me pasó. Y ya está. Donde dije "digo", sólo queda la nada. No pasó.
Sólo deseo nunca tener biógrafo. O nunca conocerlo.
No mirar atrás queriendo volver.
No querer correr hacia delante.
No dejar tantas cosas para mañana, mañana, mañana, mañana (y esto es un defecto, pero ya que la vida es una lucha, un día, lo lograré).
No sentir la sensación de que no vale la pena.
No dejar de alegrarme por sumar uno más. Porque sí, yo me alegro (uno más sin patas de gallos ni arrugas preocupantes <--- vanidades de pueblo).
No dejar de sentirme querida por tantos. Gracias. Por todos los que ese día se acordaron, estuvieron conmigo. Así cómo me va a pesar...
Jamás sentir que me merezco a alguien más, o algo más, o mejor. Me he encontrado con esto en el camino y es lo que debo aprovechar en este momento.
Que no quiera dejar de aprender, ni de leer, ni de escribir, ni de comunicarme con los demás.
Que dentro de 25 años me guste tanto vivir como ahora.
Y soñar, claro.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada